Relatos de Ana Gavilá



Habitación vacía

Me miré en el pequeño espejo desde lejos. Contemplé la habitación vacía. Le imaginé leyendo el libro. Allí, recostado sobre la cama. Su calor permanecía. Me estremecí al pensar que él dormía allí cada noche. Al pensar que, agotado, se cubría con esas sábanas y cerraba los ojos. Me acerqué un poco más. Pasé mi mano por la colcha, como queriendo atrapar algo más, un poco más de él.

Había dejado la luz encendida. Había dejado la puerta abierta. Por eso entré. Y porque sabía que no estaba. Sabía que desde el lugar a dónde se había marchado no podría verme. Conocía bien sus horarios, sus costumbres. Sabía bien cada paso que daba, pues era muy constante en todo.

Vi la silla. Le vi agachado atándose sus botas de cordones, arreglándose el bajo del pantalón, y apoyando una mano en la mesa para levantarse.

Pasé los dedos helados por las cortinas. Le vi de espaldas mirando el paisaje, recorriendo con su mirada todas las cosas que yo podía ver ahora. Consulté mi reloj y me di cuenta de que estaba muy adelantado con respecto al horario solar. Tal vez eran esos cambios de la primavera, que le desconciertan a uno.

Estuve tentada de abrir uno de los cajones de la mesa. Imaginé que era su escritorio. Le vi escribiendo cartas largas, con letra alargada, rápida. Le vi guardándolas compulsivamente sin enviarlas. Olía a tinta nueva, a papel limpio, a frases poco usadas.

Me acerqué de nuevo al espejo. Ahora podía ver bien mis rasgos. Imaginé cómo los vería él. Esa "tanta cara para tan poca cosa" que yo tenía. Me retiré la mirada y seguí con mis dedos el borde de la mesa. Mesa de escritor, donde reposarían sus manos en momentos de ensoñación literaria. Salí, asustada.

Volví al árbol. Anochecía. Era mi momento de bordar en las hojas del olivo frases que pudiésemos descifrar al día siguiente. En la noche mis ojos podían ver hilos de seda que caían desde el horizonte. La destreza de mis manos, imparables, me permitía acabar durante la noche un nuevo libro. Siempre nuevo. Siempre abierto. Tejía los hijos que esperaba mientras la noche pasaba. Conocía bien el agua. Sabía que podía traer a la tierra nuevas leyendas. Antes de dormir él miraba por su ventana, cada noche. Pasaba los dedos por el cristal y a veces yo pensaba que era una señal. La luna caía pesada, azulada, sobre mi cabeza y entonces descansaba. Con la salida del sol podría volver a la casa vacía, a la habitación silenciosa.

Cuando entré en mi habitación la sentí habitada. Me vi en el espejo y me pareció ver una sombra. Una cara parecía mirarme desde dentro del cristal. Mi libro estaba abierto sobre la cama. Era el que ella me prestó. El que ella había escrito. Sus poemas. Pasé la mano por la colcha. En un punto exacto estaba fría, como si hubiese posado su mano el invierno. Dejé mi mano sobre la suya hasta fundir el hielo.

Mi lámpara siempre estaba encendida. Mi puerta siempre abierta. No tenía secretos para ella. La dejaba entrar y ella lo sabía. Sé que entraba en silencio y apenas tocada nada. Se marchaba y tan sólo dejaba su presencia y un leve aroma de lirios blancos.

Cansado por el viaje, me senté en la silla. Desabroché mis botas de cordones y me aflojé la ropa. Me apoyé en mi escritorio para levantarme y noté de nuevo sus manos frías recorriéndolo todo.

Quise cerrar las cortinas. Anochecía. El sol anaranjado se hundía en el agua suavemente. Quise cerrar las cortinas, pero ella permanecía junto a un árbol esperando. Quise cerrar las cortinas, pero sólo podía contemplarla.

Me senté a tocar la música de mis poemas. Uno más. Una vez más. Hasta que la luz del día se apagase y ella se desvaneciese un poco, bajo el árbol.

Dormir a su sombra, la de ella y sus manos cantarinas, me traía visiones de músicas entrelazadas. Abría una botella que borraba los venenos del día. Cerraba los cortinajes del miedo y la veía. Corría por un sendero. Traía agua para mí. Agua limpia, zumo de manzana y arroz con leche en sus labios. Veíamos estrellas flotantes que se acercaban lentamente. Caíamos en ecos de palabras jamás pronunciadas que reconocíamos con facilidad. Las hojas verdes brillantes crujían en mis sábanas y me despertaban. Llegaba el sol, llegaba la luz, y salía a buscarla pero ya no estaba.

Volvía al árbol, por si regresaba. El viejo tronco me mostraba las ramas peladas y los nuevos brotes. Veía esos ojos que me esperan abiertos toda la noche. Era mi momento de limpiar con mis labios cada rastro en sus hojas bordadas con mi nombre. Tragaba sus palabras deliciosas y volvía a entrar en sus músicas una y otra vez. Ahora, con la luz del día, ella estaría en mi cama, trayéndome libros nuevos, esperando mi aprobación. Miré mi reloj tan lento, tan quieto, y recordé que hay un momento exacto en el que tomaré sus manos y no volveré a soltarlas.

Ana M. Gavilá Valls

17 de abril de 2014 0.07 hs.

1. Habitación vacía recibió el primer premio en el I Certamen de historias encantadas organizado por Música a la carta (Madrid) en 2014

2. Ilustración de NHG Ilustración.

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