Relatos de Cristina Cobo




Amor verdadero

Cuando terminó el concierto, intenté acercarme a mi novio. ¡Qué orgullosa estaba! Otra noche más, bailando cerca del escenario, apartándome a un discreto segundo plano durante el descanso para que las chicas pudieran saludarle... Él es MÍO, murmuraba yo mientras veía complacida cómo él respondía a sus besos y apuntaba números de teléfono sin cesar.

Aquella noche guardé su batería, diligentemente, como siempre. Los platos requerían un cuidado especial. Dorados, cuasi perfectos, cualquier mella podría estropear su sonido, tan redondo. Con mimo, los envolvía uno por uno en telas gruesas y los colocaba siempre, en último lugar, en el maletero del coche que nos hacía las veces de caravana para las giras.

Aquella noche él, cansado, me pidió ayuda para quitarse la ropa. ¡Oh, amado, con qué ilusión te desabrochaba las botas! Sus pantalones de cuero, el chaleco, el pañuelo de la cabeza, todo desaparecía en la maleta para dejarme ver su cuerpo, mío, tan deseado. A veces, si no estaba muy cansado, me pedía que me desvistiera yo también. Y disfrutaba viendo su cara mientras me despojaba de las prendas que él mismo había elegido para mí. Su amor era tan puro que siempre quería verme bella. Y yo estaba bella para él, su complemento perfecto. Nunca me tocaba. En sus manos no cabía lo mundano. Y yo le adoraba por mantenerme intacta para él.

Pero aquella noche no quiso jugar. Cuando guardé su ropa y volvió a ser la persona que vivía en mi casa, me dijo que tendría que ausentarse. ¡Y estaba tan cansado! Mi pobre amor, desgastado por tanta gira, se veía obligado a abandonarme ("Sabes cuánto odio irme en plena noche, cielito"), para reunirse con el resto del equipo y seguir concretando detalles para los conciertos venideros. Besándole en la frente y en el pelo, le despedí en la puerta. Preparé una cena para dos que sólo aprovecharía una, dejé su plato encima de la mesa y esperé. Mi pobre amor, llegaría destrozado, seguro que agradecería un plato caliente y algún abrazo de consuelo. Siempre era así. Cuando llegaba de sus reuniones nocturnas, muy habituales ("Los músicos somos como lechuzas, ¿verdad cielito?"), se duchaba despacio, mientras me explicaba las dificultades para mantener el grupo unido, y aunque él sabía bien que a mí me costaba entender, hablaba despacio para mí, para quien él, amorosamente, llamaba "mi belleza hueca".

Esperé sentada en la mesa. Las dos, las tres.

Las cuatro y media.

Cabeceaba sobre la mesa, pero ruidos de freno me pusieron alerta. Asomé la cabeza por la ventana, justo a tiempo para ver el coche del bajista del grupo parar frente a casa. Mi amado, mi adorado, ya estaba de vuelta. Abrí la puerta para recibirle justo a tiempo de ver cómo la lengua del maldito bastardo del bajista se introducía en su boca. Me escondí, muda, sin gesto alguno, mientras observaba cómo el bajista le bajaba la cremallera y lamía esa parte de su cuerpo que él juraba "estaba guardando para mí".

Y, de repente, todo se volvió oscuro y claro a la vez. Su cuerpo se había corrompido. Tenía que salvarle.

Entró en casa con gesto cansado. Le abracé y besé y calenté la cena. Mientras mi amado mascullaba detalles sobre lo cansado de la última reunión, me acerqué a él por detrás, sigilosa. Antes de que llegara al postre, atravesé su cuello con una de sus baquetas del número 8. Apenas sangró. Hasta eso se lo guardó para él. Con sus platos, a modo de corta pizzas, rebané sus miembros y los enterré, uno en cada esquina de la casa. El tronco lo degollé, pieza a pieza, poniendo en práctica uno de esos cursos que él llamaba "tus entretenimientos". Traté su piel como el más fino cuero, y cambié cada uno de los parches de los timbales de su batería. Ahora el sonido era más puro y auténtico que nunca. Tal y como él habría querido.

Limpié cuidadosamente los platos y las baquetas. Los envolví con cuidado y embalé el resto de la batería. Al día siguiente, una empresa de mensajería vino a recoger el paquete. Sin remitente, las cajas llegaron puntualmente a su destinatario. Me hubiera gustado ver la cara del batería cuando hizo sonar, por primera vez, la tersa piel de la espalda de mi amado. Me pregunto si reconoció el lunar especial que tenía bajo el omóplato izquierdo y que no quise eliminar.

Nadie preguntó por él jamás. Mi amor se quedaría siempre conmigo. Algunas noches, y sólo cuando lo echaba mucho de menos, abría la caja de zapatos donde guardaba su cabeza. Como antaño, peinaba su largo cabello negro y le preguntaba por su día, por su concierto. Desde las cuencas vacías de sus ojos, mi amado sonreía.

Cristina Cobo

Inspirado en el tema "Eyes without a face", de Billy Idol

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